
N. del A. El blog de natsnoC, Chez Morera, celebra su segunda semana temática con el tema la Fantasía. Una estupenda idea a la que me he sumado sin pensarlo, como se hacen las grandes cosas de la vida. A pesar de sus muchas acepciones, la palabra me trae recuerdos de dibujos animados y de eso hablo hoy.
Año IV opus 127
Como le sucede a casi todos, no se me da muy bien eso de escribir sobre un tema decidido previamente. Ser bloguero es un oficio romántico y por lo tanto, tenemos absoluta dependencia de las Musas, que inspiran sobre lo que ellas quieren y no aceptan encargos. Pese a ello, si algún día quiero ser alguien en esta sociedad de pelotas y correveydiles es menester que aprenda a escribir al dictado, así que lo intento. Al fin y al cabo, se trata de escribir sobre un tema libre porque nada hay más libre que la fantasía.
Sobre la palabra fantasía hay miles de posibilidades, pero la primera idea que me saltó de los pliegues del hipocampo fue recordar aquellos dibujos animados de la Warner que empezaban "Fantasías animadas de ayer y hoy presentan...". Curiosamente también me vino a la cabeza Walt Disney y su lema "El mundo es una cascada de colores". Esto me demuestra que, al menos en mi cabeza, la palabra fantasía está relacionada con la infancia. Parece que la madurez consiste en alejarnos de las fantasías, salvo de las sexuales y aferrarnos a realidades asibles. Dado que todavía me gustan las películas de animación, debe ser que tengo aún mucho que madurar.
En aquellos años felices la paternal y única Televisión Pública nos dosificaba los dibujos a unas horas concretas de la programación televisiva, entre las seis y las ocho de la tarde los días de diario y luego los sábados por la mañana. Esto ayudaba a los padres a crear hábitos de horario en los hijos, pues había horas para la televisión y horas para otras cosas, no como ahora que con tantos canales hay programación infantil incluso de madrugada. En este punto no podemos usar la palabra progreso.
En esa reducida ventana horaria teníamos que aprovechar para ver los dibujos de Merrie Melodies y las aventuras de Busgs Bunny, el Pato Lucas, el Gallo Claudio, el invencible Correcaminos... En esta serie salía el personaje de Elmer Gruñón (Elmer Fudd) cuyo carácter irascible, su carita mofletuda y enorme cabezón me ocasionó que aún hoy mis hermanos me llamen Elmer.
Hay que decir que yo tenía otras preferencias, y era la inacabable variedad de los personajes de Hanna y Barbera. Por citar sólo algunos: el Gorila Maguila, el Perro Pulgoso, Leoncio el León y Tristón, los Autos Locos...Me encantaba ver al Oso Yogui por su capacidad para devorar emparedados de varios pisos porque yo entonces ya era un glotón. Adorable era el padre de familia de Los osos montañeses, hombre holgazán y de pocas palabras que sólo se levantaba de su mecedora para disparar a sus vecinos.
De la serie de Terrytoons fui menos aficionado. Nunca me hizo mucha gracia Super Ratón, ese personajillo que nos inducía al dopping, recomendando que no olvidáramos supervitaminarnos y mineralizarnos. Los ciclistas imputados en la Operación Puerto deberían denunciarle.
Lo mismo podría decir de Popeye, y de su repelente novia Olivia, una mujer voluble donde las haya, (en ella se inspiraría Verdi para su Donna e mobile), porque en las peleas entre Brutus y Popeye cambiaba alternativamente de bando según el signo de la liza. Sólamente me atraía ver a Pilón comer pizzas y hamburguesas, ya que las entonces sobrevaloradas espinacas de Popeye no me abrían el apetito.
Por supuesto, hago mención especial a la Pantera Rosa, de la que aún hoy soy fan incondicional. Se demuestra que la palabra no es imprescindible, algo que ya sabíamos desde los tiempos de Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd.
Y termino con una referencia a los dibujos modernos, de los que ven los chiquillos hoy en día. Si la palabra fantasía tiene algo que ver con Creatividad, eso se demuestra con la serie de Bob Esponja. Cuando ya creíamos que toda la fauna había sido representada en un personaje de dibujos animados, nos sorprenden con un entrañable objeto que todos tenemos junto al bidé para darnos brillo y esplendor allí donde la nobleza escasea. Fantástico.


















