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jueves, 7 de marzo de 2013

Fantasías animadas de ayer y hoy.


N. del A. El blog de natsnoC, Chez Morera, celebra su segunda semana temática con el tema la Fantasía. Una estupenda idea a la que me he sumado sin pensarlo, como se hacen las grandes cosas de la vida. A pesar de sus muchas acepciones, la  palabra me trae recuerdos de dibujos animados y de eso hablo hoy.

Año IV opus 127

Como le sucede a casi todos, no se me da muy bien eso de escribir sobre un tema decidido previamente. Ser bloguero es un oficio romántico y por lo tanto, tenemos absoluta dependencia de las Musas, que inspiran sobre lo que ellas quieren y no aceptan encargos. Pese a ello, si algún día quiero ser alguien en esta sociedad de pelotas y correveydiles es menester que aprenda a escribir al dictado, así que lo intento. Al fin y al cabo, se trata de escribir sobre un tema libre porque nada hay más libre que la fantasía.

Sobre la palabra fantasía hay miles de posibilidades, pero la primera idea que me saltó de los pliegues del hipocampo fue recordar aquellos dibujos animados de la Warner que empezaban "Fantasías animadas de ayer y hoy presentan...". Curiosamente también me vino a la cabeza Walt Disney y su lema "El mundo es una cascada de colores". Esto me demuestra que, al menos en mi cabeza, la palabra fantasía está relacionada con la infancia. Parece que la madurez consiste en alejarnos de las fantasías, salvo de las sexuales y aferrarnos a realidades asibles. Dado que todavía me gustan las películas de animación, debe ser que tengo aún mucho que madurar.

En aquellos años felices la paternal y única Televisión Pública nos dosificaba los dibujos a unas horas concretas de la programación televisiva, entre las seis y las ocho de la tarde los días de diario y luego los sábados por la mañana. Esto ayudaba a los padres a crear hábitos de horario en los hijos, pues había horas para la televisión y horas para otras cosas, no como ahora que con tantos canales hay programación infantil incluso de madrugada. En este punto no podemos usar la palabra progreso.

En esa reducida ventana horaria teníamos que aprovechar para ver los dibujos de Merrie Melodies y las aventuras de Busgs Bunny, el Pato Lucas, el Gallo Claudio, el invencible Correcaminos... En esta serie salía el personaje de Elmer Gruñón (Elmer Fudd) cuyo carácter irascible, su carita mofletuda y enorme cabezón me ocasionó que aún hoy mis hermanos me llamen Elmer.
Hay que decir que yo tenía otras preferencias, y era la inacabable variedad de los personajes de Hanna y Barbera. Por citar sólo algunos: el Gorila Maguila, el Perro Pulgoso, Leoncio el León y Tristón, los Autos Locos...Me encantaba ver al Oso Yogui por su capacidad para devorar emparedados de varios pisos porque yo entonces ya era un glotón. Adorable era el padre de familia de Los osos montañeses, hombre holgazán y de pocas palabras que sólo se levantaba de su mecedora para disparar a sus vecinos. 

De la serie de Terrytoons fui menos aficionado. Nunca me hizo mucha gracia Super Ratón, ese personajillo que nos inducía  al dopping, recomendando que no olvidáramos supervitaminarnos y mineralizarnos. Los ciclistas imputados en la Operación Puerto deberían denunciarle. 
Lo mismo podría decir de Popeye, y de su repelente novia Olivia,  una mujer voluble donde las haya, (en ella se inspiraría Verdi para su  Donna e mobile), porque en las peleas entre Brutus y Popeye cambiaba alternativamente de bando según el signo de la liza. Sólamente me atraía ver a Pilón comer pizzas y hamburguesas, ya que las entonces sobrevaloradas espinacas de Popeye no me abrían el apetito.

Por supuesto, hago mención especial a la Pantera Rosa, de la que aún hoy soy fan incondicional. Se demuestra que la palabra no es imprescindible, algo que ya sabíamos desde los tiempos de Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd.

Y termino con una referencia a los dibujos modernos, de los que ven los chiquillos hoy en día. Si la palabra fantasía tiene algo que ver con Creatividad, eso se demuestra con la serie de Bob Esponja. Cuando ya creíamos que toda la fauna había sido representada en un personaje de dibujos animados, nos sorprenden con un entrañable objeto que todos tenemos junto al bidé para darnos brillo y esplendor allí donde la nobleza escasea. Fantástico.


jueves, 14 de febrero de 2013

No matéis a tiros ni a Zombis ni a Vampiros

N. del A. Reivindico hoy los derechos de zombis, vampiros, orcos y demás criaturas que en el cine, la televisión o en los videojuegos son objeto de nuestro prurito de matar y matar. Ellos también nos quieren matar a nosotros, pero yo pregunto ¿quién empezó primero?
Año IV opus 125
No me gustan las películas de zombis ni las de vampiros. En este punto creo estar en contra de las últimas modas mayoritariamente aceptadas por los consumidores y que previamente han sido sin duda ideadas y planificadas por alguna oscura sociedad secreta compuesta por productores de cine y técnicos de márquetin. 

No me gustan las pelis de zombis porque son muy crueles. Se permiten mostrar escenas en las que los protagonistas destrozan indiscriminadamente cabezas de seres humanos, niños incluidos, y no nos escuece la conciencia porque la acomodamos pensando que ya no son personas, sino alimañas. Disparar sobre zombis «se puede» y permite fantasear con disparar a bulto contra las multitudes. Nos libera ese demonio que todos llevamos dentro y que está deseando tirotear a nuestro vecino, a nuestro jefe y a nuestra cuñada. Quién no ha pensado alguna vez en entrar en unos grandes almacenes y ametrallar todo lo que se mueva y sin embargo, sólo unos pocos, merced a la Asociación Americana del Rifle, consiguen cumplir esa fantasía. Los demás se limitan a excitarse mediante la idea de protagonizar una matanza con la tranquilidad que da saber que la policía no nos va a decir nada.

Yo, además,  confraternizo con los zombis porque me parezco a ellos: yo también soy torpe de andares, parco de palabras y voraz en el comer. Por favor, no por ello me vuelen mi monda cabeza,  ni siquiera cuando haya muerto.

Tampoco me gustan las pelis de vampiros, al menos las modernas, porque los no muertos de ahora son muchachos guapísimos a pesar de contar con cientos de años de edad, es decir, son insultantemente más atractivos que quien esto les escribe, más joven y aferrado a la vida que ellos. Estos vampirillos pisaverdes imponen  modas de ropa en la juventud y sin embargo, tienen remilgos de conciencia a la hora de morder a la muchacha que se les ofrece franca. Admiro, por el contrario, al conde Drácula clásico encarnado por Bela Lugosi o Cristopher Lee. Aunque chapado a la antigua, este vampiro era sobre todo, un elegante  caballero que recibía a sus víctimas en su castillo perfectamente peinado y vestido de gala, aunque fuera a deshoras y en medio de una tormenta feroz. Todo lo contrario que yo, que a cualquier hora del día me encontrarían en mi casa en pijama y con zapatillas de conejitos como un gañan. Era también este conde un vampiro certero y eficaz que nunca dejaba escapar un buen cuello femenino con escote estilo imperio. 

Igual que los vampiros, a mi también me gusta dormir por el día y asaltar por las noches escotes estilo imperio.  Por favor, no por ello me claven una estaca en el pecho, aprovechando mi sueño.

A veces creo que este mundo está dividido entre personas que caminan erráticas como zombis, siguiendo a cualquier seductor granuja sin saber por qué, sin otro afán que conseguir algo que comer o algo que ver en la televisión y por otro lado, las personas que gobiernan el mundo, los vampiros que se alimentan de nosotros, los zombis. Sin duda debe haber un rechazo oculto en nuestro subconsciente que no quiere ver que todos somos zombis o vampiros (vale, usted no, como quiera) y de ahí el temor que nos inspiran y las ganas de matarlos. De una manera u otra, no me gusta ver imágenes en  las que se mata con alborozo a estas criaturas, aunque sean seres no humanos, porque precisamente los genocidios del mundo real se apoyan en la misma idea: aquellos a quienes se aniquila no son personas.
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Menos mal que a los hombres lobo nos tienen que matar con balas de plata y eso encarece mucho que nos masacren.

viernes, 1 de febrero de 2013

¡Cuánto daño!

N. del A: La corrupción de los poderes públicos no es exclusiva de España, existe en  todos los  países y culturas, tampoco es exclusiva de una ideología política, ni de una determinada clase social y todo ello es porque el alma humana se fabrica en serie y nos hace a todos iguales. Esta realidad, sin embargo, no debe servirnos de excusa para tolerar lo intolerable.
Año IV 124
Cuando escucho en los noticieros televisivos hablar sobre la corrupción en España me entran ganas de gritar. No me refiero a salir a la calle con cacerolas para gritar las consignas del 15-M como ésta, mi favorita: «NO HAY PAN PARA TANTO CHORIZO», porque verdades como ésa me hacen salivar y me abren el apetito. No hablo de gritar pidiendo justicia, porque es seguro que sólo por pedirla me cobrarían las tasas. Tampoco me refiero a gritar pidiendo la castración química de los corruptos, para que, al menos, no les puedan heredar, porque ya es tarde, todos tienen familia.

Yo me refiero a gritar de dolor.

A mi no me preocupan los pillos que reciben sobresueldos en sobres o en trajes a medida, ni me quitan el sueño quienes de la noche a la mañana pueden permitirse comprar fincas con encinares o pisos de lujo en Manhattan, porque no les envidio. A mí me preocupa y me duele el origen de ese dinero, porque  la plata  que araña un político corrupto es sólo una parte de la que otro granuja obtendrá de esos favores. Son el resultado de negocios que de forma honrada no se pueden resolver. A mi me duele el daño que se nos ha hecho a usted, a mí, a aquel otro que no me lee o a aquel que me lee creyendo que soy otro. Ese daño que se nos ha hecho es muy grande y justifica gritar.

Cada euro ganado así se ha conseguido a costa de pisotear los derechos de alguien, de unos pocos, de muchos o tal vez de todos. Para obtenerlo, se ha debido expropiar de forma injusta a un ciudadano, o se ha obtenido una licencia de obras donde no se debiera obtener, o se ha perjudicado a quienes licitaban de forma honrada o se ha autorizado una subida de tarifas que todos pagaremos. Cada sobre con dinero sucio implica que antes se haya sancionado una ley, promulgado un decreto, publicado una ordenanza o adjudicado un contrato persiguiendo un interés que no era el interés general.

Un dinero corrupto no se gana repartiendo alimentos entre los niños del Sahel ni salvando a las ballenas de los que las matan en el Atlántico. Al contrario, se obtiene repartiendo fusiles a los niños y mirando hacia el otro lado del mar donde no están  arponeando a las ballenas. 

No posible determinar qué porcentaje del PIB es el que se acumula en unas pocas manos gracias a las decisiones políticas «sabiamente orientadas», pero seguro que es una cantidad dolorosa. El daño es grande porque el dinero que se pierde entre las juntas de las cañerías del poder es el que luego falta para mantener un centro médico en algún pueblo pequeño. Es un dolor agudo el que produce pensar que quien debe velar por nosotros, nos miente primero, nos roba después y termina mintiéndonos de nuevo.

Por eso dan ganas de gritar de dolor.




miércoles, 9 de enero de 2013

Elegir nuestro trabajo

Autor: Forges
N. del A.: Mi trabajo no es el mejor del mundo ni es algo que me ilusione, aunque reconozco que no estoy descontento del todo. Creo que a todos nos gusta encontrar profesionales a quienes les guste su trabajo y si usted es de los que lo dicen, reciba mi más sincera enhorabuena. 
Año IV opus 122
En España hay ya seis millones de parados. Con las previsiones de crecimiento que los organismos oficiales dan para nuestro país y dado que la política económica de nuestros bienamados padres de la patria se dirige a pagar letras y no a crear empleo, podemos decir sin temor a equivocarnos que esa cifra no va a bajar en mucho tiempo. Hará falta un milagro económico al estilo del japonés de la postguerra para mejorarlo y no parece que el Cielo esté contento con nosotros, por lo que no cabe esperarlo.

Todo esto significa que de cada cuatro españoles en edad de trabajar, menos de tres lo hacen. Si tenemos en cuenta la población pasiva, compuesta por cada vez más viejitos y añadimos los desempleados y aquellos que no buscan trabajo ya sea por pereza o por su nutrido patrimonio y  tampoco nos olvidamos de la numerosa población reclusa y de la que practica la delincuencia fuera, ni tampoco de la creciente clase política que trabaja sólo en pos de su negocio ni de aquellos que tienen la fortuna de tener empleo,  pero no dan ni chapa  haciendo gala de ese espíritu holgazán tan bien visto en España (no especifico colectivos laborales ni regionales, esto va por todos) podemos afirmar, también sin temor a equivocarnos, que cada uno de los que trabajamos como es debido lo hacemos para mantener a cuatro españoles. 

Así sí que se rompe España.

Uno de las malas consecuencias de esta situación, aparte de las tragedias de cada casa, es la de la elección del trabajo. Evidentemente, no estamos para elegir, cada cual trabajará en lo que pueda. Y eso es lo que yo, en este blog martillo de herejes, quiero denunciar hoy.

La prosperidad de un país debería medirse, no en términos de renta per cápita ni de producto interior bruto, sino computando el número de personas que trabajan en lo que les gusta. Es tan importante porque redunda directamente en nuestra felicidad y en la de los que dependen de nosotros. A mis hijos les digo a menudo que no me importa si eligen ser aviadores o payasos en un circo, ingenieros de caminos o carpinteros, siempre que sea lo que ellos decidan hacer. Lo importante es cumplir cada día el trabajo que nos llena y nos satisface. De esa manera, probablemente habría menos malos modos en los autobuses por las mañanas y menos malos tratos en los dormitorios por las noches.

Por supuesto que a pocas personas les gusta limpiar escaleras, pero existen. Seguro que hay gente para todo y aunque, por lógica, nunca se pueda acomodar a todo el mundo, el porcentaje de personas que consiguen trabajar en «lo suyo» es uno de los indicadores que deberían tenerse en cuenta en el Debate sobre el estado de la nación, junto con el de orgasmos por habitante y año y el de risas por kilómetro cuadrado. 

Y esta maldita crisis está bajando esos indicadores. Las reformas laborales, los recortes de salario, las privatizaciones, las reformas involucionistas, todo está empozoñando la vida en los trabajos que nos dan la vida. No midan el problema sólo por la aritmética que señala el número de desempleados, la crisis y las medidas que se inventan para  atajarla nos envenenan más cosas aparte de la nómina. 

Por favor, padres de la patria, arréglenlo.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Un NO rotundo al Fin del Mundo.

El fin del mundo está llegando al
Mediterráneo  español desde los años 60:
 una oleada de cemento invade el mar
N. del A.: En otro artículo del primer día de este año (pinche aquí si no ha escarmentado usted aún) ya decía unas cuantas tonterías sobre el fin del mundo previsto por los mayas, pero es que aquellos nobles indios debían fumar la misma hierba que fumaba Nostradamus y los responsables de Youtube, según se puede leer en las noticias recientes, que relacionan todo esto.
Año III Opus 120

Me niego rotundamente a aceptar ese fin del mundo que nos viene impuesto desde el extranjero. A los mayas que lo predijeron ya les llegó su fin del mundo antes de que aparecieran los españoles por allí. Aquellos españoles, por cierto, se esmeraron en proporcionar el apocalipsis gratuitamente a la mayoría de los indígenas americanos de entonces, pero los mayas ya habían tenido el suyo particular. Lo siento.

Un fin del mundo debe emanar de la soberanía popular y no ser una condición impuesta por los mercados de capital internacionales. No queremos un apocalipsis que ni nos va ni nos viene, sino un fin del mundo español, a la manera tradicional nuestra, es decir, una fiesta hoy y mañana un Dios dirá.

No podemos aceptar que, por conveniencia de unos pocos, tengamos que cargar con un Armaggedon globalizado, ya que cada pueblo tiene su propia escatología y no debemos inmiscuirnos en la forma en que cada cual quiera irse al infierno. En este blog creemos en el derecho de autodestrucción de los pueblos.

No podemos consentir que nos obliguen a los españoles a acudir al Juicio Final con la prima de riesgo por las nubes. Deberíamos habernos ido al infierno en la época de José María Aznar, quien presumía de tener una deuda pública con triple A, pero no ahora, en el peor momento.

No debemos extinguirnos sin haber completado el rescate de los bancos españoles, no sea que los culpables del desastre se libren del castigo eterno, alegando que son insolventes. Paguemos hasta el último euro para asegurarnos de que los cuecen a la brasa.

No debemos acudir al Juicio Divino sin haberle proporcionado un juicio humano al camarada Urdangarín, el de las obras pías sin afán de lucro, ni a tantos y tantos pillines que moran en el suelo patrio. No podemos presentarnos ante la justicia Divina en el mismo banquillo que todos ellos.

No es momento de catástrofes, ahora que estamos privatizando la Sanidad, pues no sabemos si los seguros privados cubrirán los tratamientos contra la Peste, ni momento de pasar más Hambre de la que ya se pasa en España, ni podemos tener más Guerra ahora que incluso manifestarse en la calle es ya delito. En cuanto a la Muerte, sí, que venga, que en España siempre nos hemos reído mucho de ella. 

No podemos irnos ahora que somos campeones del mundo de fútbol. No podemos abandonar el planeta ahora que vamos a cobrar la paga de Navidad los pocos españoles que no somos funcionarios, no estamos en paro o no estamos embargados para siempre. No queremos morirnos el día de antes del Sorteo de Lotería de Navidad, no sea que nos toque y podamos pagarnos un buen abogado en el Juicio Final. 

Hay muchas más razones para negarnos. Yo quisiera hacer un llamamiento a la unidad, para que salgamos todos a la calle a impedir con nuestra voz el Fin del Mundo. Que el  Apocalipsis sea sólo para quien se lo merezca.




jueves, 13 de diciembre de 2012

Leer en el metro

N. del A. Se lee poco en España. Cada vez se lee menos y en peores condiciones. Es cada vez más difícil leer por encima del hombro del vecino. ¿Qué quieren? ¿Que nos compremos nuestro propio periódico? Inenarrable. Increíble.

Año III, opus 119


Sé que leer por encima del hombro de la persona que está a nuestro lado es una falta de educación. Es de muy mala educación. Lo sé, pero yo lo hago. 

No crean que lo hago por ahorrarme el dinero del periódico o por diversificar mis conocimientos. Todo eso también influye, pero yo lo hago porque es inevitable. Si voy en el tren de cercanías, o en el ferrocarril metropolitano y alguien está leyendo a mi lado tengo que saber qué lee. Da igual si está leyendo una revista de peluquería, yo miraré por encima de su hombro para enterarme de cómo se ponen unos bigudíes. Da igual si está leyendo el prospecto farmacéutico de un medicamento: yo quiero enterarme para qué sirven esos supositorios, toda vez que la vía de administración me la imagino sin problemas.

Sin embargo, no todo son facilidades. A diario me encuentro con muchos incovenientes para el noble placer de la lectura por encima del hombro.

En el autobús, por ejemplo, no puedo leer porque me mareo. Alguna vez he estado tentado de pedirle al viajero de mi lado que cerrase el libro, porque estaba mareándome por fijar tanto la vista, lo cual supone obviamente una falta de empatía por su parte, pues antes de abrir el libro debería haberme preguntado si yo era propenso a los mareos. Máxime cuando los autobuses interurbanos de aquí requieren, al parecer, una conducción propia de una película de Sam Peckinpah. 

La prensa gratuita no ha hecho tampoco ningún bien. Antes, se podía leer muy bien el periódico en el metro. Los lunes, por ejemplo, buscaba siempre sentarme al lado de alguien que llevara el Marca para enterarme de los resultados de la jornada futbolera del domingo anterior. Otros días, se podía elegir entre sentarse al lado del que leía El País, los más, o el Abc, los menos. Ahora, desde que la prensa gratuita se entrega en las bocas de metro, nadie compra un diario decente. Sí, no hace falta leer por encima del hombro, porque en cuanto termine nos lo regala, pero no es lo mismo que hurtar la lectura. Además, el estilo periodístico de estos diarios es cada vez más insulso y está consiguiendo estropear mi prosa con su abundancia de incorrecciones y lugares comunes.

Otra amenaza son los libros electrónicos. Estos artefactos infames tienen una pantalla que no deja leer desde el lateral. Es imposible leerlos de soslayo. Ni de frente: a mi me gusta saber qué libro está leyendo la persona que está enfrente mía y por la portada del libro lo sé. Según lea novela romántica, novela negra o clásicos grecolatinos puedo hacerme una idea de cómo es esa persona, gracias a todo tipo de prejuicios acumulados. Con los lectores de e-book no puedo. Y me da una rabia feroz.

El inglés. El maldito idioma de Shakespeare me priva también de mi derecho a la lectura. Cada vez hay más personas leyendo libros en inglés, no por ser extranjeros, que son españoles de nacimiento ni por ser estudiantes de idiomas, que no lo son. Lo hacen sólamente para fastidiarme. Para humillarme. Nada hay más molesto que intentar leer por encima del hombro en otro idioma. El otro día, una señorita llevaba uno impreso en chino. Me dieron ganas de denunciarla. 

Corren malos tiempos para el transporte público. Se cancelan inversiones, se reducen los servicios, se aumentan significativamente los precios y por si esto fuera poco, cada vez es más difícil leer de gorra. Y dicen que en España se lee poco, pero no es culpa nuestra, sino de quienes no fomentan la lectura prohibiendo los libros electrónicos o escritos en inglés o la prensa en castellano caníbal. 

Sólo me consolaría sentarme al lado de alguien usara su i-pad en el metro para leer mi blog. Aunque si es lunes, preferiría el Marca.


sábado, 1 de diciembre de 2012

Quiero una estatua ecuestre

La estatua del Cid es una de mis favoritas,
 aunque yo le cambiaría la espada por
una brocheta de carne

N. del A. Vanitas vanitatum, omnia est vanitas. El Ecclesiastés sabía lo que decía: todo es vanidad. Inexplicablemente, a todos nos gusta que nos recuerden después de nuestra muerte, aún cuando no estaremos allí para disfrutarlo. Así ha sido en toda época y es que, como también decía el Ecclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol.


Año III Opus 118
La vanidad es uno de los mayores pecados de hombres y mujeres. Lo sé porque pertenezco a uno de esos dos grupos y soy vanidoso como el que más. La gloria que me reporta este blog no cabe en mí. Los miles, qué digo miles, los cientos de miles, millones de seguidores de esta publicación que esperan ansiosos ver un nuevo post en sus tabletas y ordenadores han henchido mi corazón de orgullo y se despierta en mí el prurito de la inmortalidad. Como mi carne no durará siempre, necesito una buena estatua que inmortalice mi obra.. Yo necesito perdurar, aunque sea en efigie.

Yo quiero que me erijan una estatua cuando abandone esta vida, pero no antes, que da mala suerte. Una estatua pública erigida en una plaza donde se instale un mercadillo todos los jueves y donde se reúnan los defensores de cualquier causa los domingos. Con una peana bien grande, donde luzca bien mi nombre y un rótulo que explique claramente cuánto ha costado hacer el monumento y si el dinero se recaudó por suscripción popular o fue necesario desviar fondos previstos para un hospital infantil. Con un pequeño estanque alrededor donde los turistas se refresquen los pies y los recién casados se fotografíen frente a mí en ridículas poses.Y que esté protegido por un kiosco donde toquen músicos y su tejadillo me resguarde de las deyecciones de las palomas, que tendrán que descargar sobre los músicos, los novios, los turistas, los manifestantes o los comerciantes del mercadillo.

Y no olvidemos lo más importante: debe ser una estatua ecuestre. No hay nada que dé más gloria que una estatua ecuestre. ¿Podemos imaginarnos a un Simón Bolívar inmortalizado sobre una bicicleta? ¿O a un Marco Aurelio a lomos de un borrico? ¿Quién se acordaría ahora del general Espartero si no fuera por la hombría del caballo de su estatua?. Quiero perdurar para la historia subido a un hermoso caballo rampante y señalando algo lejano, lo que sea, no importa qué, con el dedo corazón de mi mano.

Quienes me conocen saben de qué material quiero mi monumento. No la quiero del mismo material que los demás, que normalmente los monumentos se fabrican con el hierro de los cañones, el plomo de las balas, el mármol de los despachos, la madera de las cruces, los huesos de los pobres o las lágrimas de las viudas. La estatua debe estar hecha de pan. De rico pan de masa madre, amasado y cocido a la leña en la madrugada con harina blanca de trigo, de cultivo ecológico si es posible, por esforzadas panaderas al ritmo de coplas populares.

Sería útil que la estatua tuviera dos asas para que se amarren las sogas con las que me derribarán, que no quisiera padecer el escarnio de que aten los cabos a los belfos o al escroto de mi caballo. Porque todo acaba así, siempre se derriba a los tiranos y a los impostores  y a los granujas de medio pelo. Las palabras de este blog desaparecerán algún día entre los bytes de la nube y con el pan de mi estatua se alimentarán las palomas que, ahora sí, cubrirán mi peana con su guano.

Aceptemos esta ley de la vida. Disfrutemos del pan en vida, que nada es para siempre, pero ¡cuesta tan poco soñar que disfrutamos la gloria de estar subido eternamente a un brioso caballo de pan!.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Prejuicios y vergüenzas en el gimnasio

N. del A. Nuestros abuelos hacían ejercicio gratis porque trabajaban de sol a sol y aún llegaban a la noche con ganas de comer sopas de pan y engendrar una familia numerosa. En cambio a nosotros nos cuesta dinero el gimnasio, las mallas, el gorro de piscina, las mancuernas y las bebidas isotónicas, para llegar después a casa y cenar una insulsa ensalada frente al televisor. Cosas del progreso.
Año III opus 117


Como ya he confesado en otras entradas mis problemas de sobrepeso, todos deben saber ya que soy un gordito adorable, condenado a perpetuidad a hacer ejercicio y dietas que siempre me dejan igual de gordito, pero cada vez menos adorable. A pesar de mi natural y gallarda resistencia, los hados del destino se han encargado personalmente de matricularme en un gimnasio, donde acudo de forma absolutamente irregular y arbitraria como no podía ser menos en un indolente profesional.

Para ir un día al gimnasio y que nos queden ganas de volver hay que despojarse de prejuicios y vergüenzas. Ser el más grueso de los gimnastas no debe sonrojarnos sino, en todo caso, motivarnos. Hay que autoconvencerse de que a aquella señorita que luce un tren inferior tan enojosamente divino en el aerobic podré seducirla, no con mi cuerpo apolíneo, sino con mi desbordante simpatía y que el hércules que levanta pesas como  ruedas de molino no tiene ninguna oportunidad. 

Llevado por mi espíritu aventurero, el otro día entré en un aula donde se practicaba una especie de aerobic basado en pasos de baile latino. No debo tener prejuicios ni vergüenza alguna porque yo fuera el único varón del grupo, si excluimos al monitor y a la docena de demonios que aparentemente lo poseían por el ritmo que impuso. Tampoco debo avergonzarme de ser el único que salió del aula antes de terminar la clase, ni tampoco de salir como salí yo: andando a gatas con la lengua a rastras y pidiendo confesión. No obstante, que esto último  no salga de aquí.

Cuando me repuse y mi alma volvió a habitar en mí, decidí dedicarme a los clásicos, es decir, la bicicleta estática. Me coloqué el reproductor de mp3 en los oídos y al ritmo de los Dire Straits, inicié tranquilamente el pedaleo a través de kilómetros inexistentes. Al poco tiempo llegó a la máquina contigua  una mujer de edad algo más que avanzada, regordeta, con gafas y con cara de haberme vendido verdura fresca en alguna ocasión. Como la mayoría de ustedes, yo estoy tan cargado de prejuicios que a punto estuve de ayudar a la buena señora a subirse a la máquina de los pedales. La realidad me puso en mi sitio.

Como mi vista alcanzaba a ver el marcador de su aparato donde se indica la distancia teóricamente recorrida y la velocidad de pedaleo, comprobé con horror cómo mi vecina estaba alcanzando los mismos números que yo, habiendo empezado después y es que pedaleaba con mucho más garbo que quien esto escribe. Intolerable para ese ego de macho ibérico que tenemos todos aunque todos lo neguemos. Para invertir la situación, cambié a la carpeta de los AC/DC en el reproductor que tienen un ritmo más vivo y demarré esperando sacarle distancia a la inoportuna. Al principio bien, pero en cuanto flaqueaba, ella recortaba distancias.

Ya llegaba a los diez kilómetros y no conseguía despegarme. Incluso, para mayor escarnio, se permitía hablar con una amiga sobre la operación de su Enrique sin dejar de pedalear a un ritmo más rumboso que el mío. En cierto momento, me adelantó, pero yo contraataqué, poniéndome a rueda primero y demarrando después . Estuve muy atento a si notaba algún cambio de viento que me permitiera hacer una maniobra para esprintar, como si estuviéramos corriendo el Tour de Francia. Mientras, forcé el ritmo, cambiando a Metallica.

Finalmente, ella se bajó y se fue con su amiga charlando de forma distraída, sin saber que había estado compitiendo conmigo. Este episodio me demostró que en el gimnasio no hay que tener prejuicios, como el que yo tuve con la señora y tampoco vergüenza de que al terminar mi ejercicio en la bicicleta estática yo levantase lo brazos como si cruzara triunfante la meta.

Si hicieran un ranking de innobleza en gimnasio, yo estaría el primero destacado, pero como digo, no hay que avergonzarse de ello. Hay quien va al gimnasio por placer, yo por prescripción facultativa. Miro la silueta del gimnasio como si fuera una caja de supositorios porque para mí es una medicina.

Y nadie debe avergonzarse de tomar un medicamento.


domingo, 7 de octubre de 2012

Herodes return's

La matanza de los inocentes,
de El Giotto
N. del A.: A propósito de niños llorones y padres desesperados. Tal vez ustedes puedan decir que sus criaturas han sido como angelitos, eso significa que ya no se acuerdan de las rabietas y llantinas de sus primeros años. 
Año III, opus 111


Tengo unos vecinos bendecidos con un niño hermoso y guapo que no deja de llorar en toda la jornada, la cual prolonga a veces hasta bien entrada la noche. Sus horas de sueño son las de descanso de toda la vecindad. La fragilidad de las paredes de mi edificio permite que todos los vecinos compartamos emociones como ésta, o que podamos tener cumplida información de las desavenencias conyugales y otros problemas que nos afligen. Es algo que debemos agradecer a la empresa constructora que en los años 70 concedió más importancia al lucro de sus dueños que a la calidad de los materiales. 

Yo me quejaba de la portentosa garganta de mi hijo quien desde su nacimiento hasta bien entrado de músculos alivió con sus lágrimas la pertinaz sequía que castigaba España en los años 90 e iluminó con sus ayes vocingleros las aburridas noches de Móstoles. Este joven vecino mío ha hecho bueno a mi chiquitín, lo que nos enseña que siempre hay alguien más desgraciado que nosotros.

Sus rabietas se adornan con las voces desesperadas de sus padres, ora ofreciendo alternativas a sus caprichos, ora impartiendo justicia, ora suplicando por su vida. Es inevitable en estos momentos reivindicar la figura histórica y biehechora del rey Herodes, acusado injustamente acabar con la vida de los mal llamados Inocentes por pura vesanía cuando, si lo hizo, fue por amor a su pueblo. Las noches de Israel nunca fueron tan tranquilas como entonces. 

Sin embargo, no se asusten, nunca llega la sangre al río. La evolución ha dotado a nuestra especie con un maravilloso don: el olvido. Sin esta portentosa cualidad humana, todos los niños llegaríamos a mayores profundamente odiados por nuestros progenitores y en casos como éste, simplemente no llegarían a edad fértil. El olvido es una droga de efectos inmediatos que se desata simplemente con una sonrisa del niño, con una palabra inocente o con un acurrucarse contra nuestro costado. A veces, simplemente ver los párpados plácidamente cerrados del monstruo y escuchar su respiración tranquila y rítmica dispara chorros de olvido sobre nuestro cerebro alborotado. Gracias a eso estamos vivos y existimos.

Aquellos vecinos que compartieron la infancia de mi hijo a costa de su descanso mostraron siempre paciencia hacia él y comprensión hacia nosotros, sus padres. Denunciamos a nuestros vecinos si ponen la música muy alta o hacen ruido con el aspirador, pero no si su pequeño nos destruye el cerebro con sus rabietas. Nuestra especie está adaptada evolutivamente para soportar esta imposición biológica puramente humana, pues no se conoce que los hipopótamos estén cantando boleros a sus crías a altas horas de la madrugada, como supondrán, he tenido que hacer yo. Y eso que entre bolero y bolero yo bostezaba abriendo la boca como un hipopótamo de regular tamaño.

Gracias Herodes por tu buena intención, pero como ves, no hacía falta. 


lunes, 24 de septiembre de 2012

Elegía Mecánica

N. del A. Dicen que algunos hombres cuidan mejor sus coches que a su familia. No es mi caso: yo nunca le he preparado a mi automóvil un vasito de leche con galletas antes de acostarlo, ni le he arropado en su garaje, ni le he cantado la nana del tío Garrampón. Pero aún así, es inevitable tomarle algo de cariño a ese montón de chatarra.

Año III Opus 109
En estos días he recibido una terrible noticia. En la sala de espera del servicio oficial, el jefe de mecánica en persona, con su impecable bata blanca,  me puso la mano encima del hombro y con voz solemne y respetuosa me anunció que mi automóvil está deshauciado. Se ha hecho todo lo mecánicamente posible, me dijo, la ciencia bien poco puede hacer ya. Pregunté con un hilillo de voz de cuánto tiempo disponíamos. No se puede saber con exactitud, respondió con dulzura, el fatal desenlace se producirá en cuestión de semanas, meses quizá..., es difícil de predecir.  Sentí una fuerte sequedad en la garganta, un solícito mecánico me ofreció un vaso de agua y me lo rocié por la cabeza.

Insistí en verle. Me acompañaron hasta un rincón del taller donde estaba mi coche, triste y abandonado. Se puso muy contento de verme y derrapó gozosamente para demostrármelo, me puso las ruedas delanteras encima de mi pecho y me lamió la cara con la correa del radiador, agitando nerviosamente el tubo de escape. Pero tantas alharacas no pudieron ocultar el run run fatigado del motor, ni tampoco esa cruel incontinencia de aceite que ensuciaba el piso. Me miraba con los retrovisores gachos y los faros lánguidos y enfermizos, intentando disimular su sufrimiento. No puede hablar, pero sé que lo entiende todo; de alguna manera se pregunta qué día le pondrán la inyección letal antes de reciclarlo o si lo usarán como blanco en un campo de tiro para carros de combate. 

Dentro de poco estará en el Cielo de los automóviles, aunque sea un coche negro, porque también se van al cielo todos los negritos buenos. No será un paraíso a cielo abierto, sino un inmenso aparcamiento cubierto, como les gusta a los coches, con las líneas recién pintadas de blanco brillante y el pavimento firme y suave. Un parking donde se aparque siempre en batería, que es la forma más democrática  de estacionar los vehículos, porque todos ocupan una plaza de igual tamaño, no como esos neoliberales aparcamientos en línea, donde los más largos ocupan más que los más chiquitos. Con una entrada sin barrera y grande, más grande que el ojo de una aguja, y tendrá lavados gratis y barra libre de combustible del bueno. Estará cerca del cielo donde moran las almas benditas de las bicicletas robadas, de las virginidades perdidas, de las pagas de Navidad hurtadas a los funcionarios, de los bosques primarios de laurisilvas. Estará cerca del paraíso donde iremos los calvos de corazón y los pajarillos usados como testigo de grisú en las minas de carbón..

No es justo que mi auto se vaya de este mundo sin pena ni gloria y en cambio siga lustroso el Mercedes que Hitler regaló a Franco. ¿Porqué el Lincoln en que murió Kennedy, que estuvo tan cerca de la muerte no está deshauciado como el mío? Pero yo no les envidio la vida en un museo. Mi automóvil acabará sus días rodando sus últimos kilómetros sobre el asfalto como debe ser, con la capota bien alta, con los faros mirando al frente y el paragolpes ondeando al viento.

Como me sucederá a mi algún día. No sé si a ustedes también, porque no les conozco lo suficiente. Llegará el momento en que el run run de mi corazón se debilite y mis herederos piensen en comprarse un padre nuevo y deshacerse del viejo. No me preocupa, únicamente les pido que entierren mi cuerpo en batería, como buen demócrata que he sido.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Miénteme

«-Esperanza, miénteme, dime que no vas
a traer Eurovegas a Madrid ..
- Ni hablar, chato, pues buena soy yo»
N. del A. 
Nos gusta que nos mientan, que nos endulcen el oído, que nos digan lo que queremos oír, como Johnny Guitar. El nivel de tolerancia a la mentira es mayor en España que en el resto de Europa. Debería crearse un índice económico que fuese la Prima de Falsedad. Somos unos pardillos.




Año III  Opus 108
En este artículo, Amando de Miguel usa la palabra politiqués para referirse al idioma que utilizan los políticos en todos los países del mundo. Es un lenguaje que se caracteriza por no comunicar, que es todo lo contrario que se requiere de un lenguaje. El discurso de un político tiene una tendencia irresistible hacia la ocultación de la realidad, ya sea mediante una jerga oscurantista o por la más despiadada mentira.

En los años en que España era un país de tercera fila, inculto e ignorante de sus derechos, los gobernantes acudían al único canal de televisión disponible, el oficial, para soltar su discurso con una jerga propia, un lenguaje elevado y técnico que lo hacía completamente incomprensible para la mayoría de los ciudadanos, quienes lo escuchaban asintiendo y convencidos de que sus hijos debían ir a la Universidad para hablar así. Forges publicó en los setenta un chiste donde un extraterrestre recién llegado al planeta pronunciaba unas palabras incomprensibles y la gente pensaba «debe ser un ministro»

Hoy en día hablan un lenguaje más coloquial,  unas veces campechano, otras veces incluso argot. Pero eso no mejora la comunicación porque se han abandonado completamente a mentir como bellacos. En estos años en que España es un país de tercera fila, pero con ínfulas de primera, tan inculto e ignorante como el de antes, aunque los hijos de aquellos españoles hayamos ido masivamente a la Universidad, los ministros acuden a sus canales oficiales, a mentir y mienten a gusto, mienten mucho, mienten con descaro, mienten con expresión de beatitud, mienten con datos fidedignos, mienten con una sonrisa, mienten en twitter, mienten en directo, mienten fuera de los micrófonos, mienten en inglés, mienten off the record, mienten como Jim Carrey en Mentiroso compulsivo, mienten, mienten...

Lo que me preocupa realmente es la impunidad. Nos hemos acostumbrado los ciudadanos a recibir las mentiras con absoluta resignación tras la constatación de que todos los partidos lo hacen. Qué se le va a hacer decimos y recordamos las mentiras que dijo el otro para justificar las de éste. Mentiras vergonzosas, de tan evidentes,  como la que nos quieren hacer creer que Eurovegas va a crear ¡200.000 puestos de trabajo directos! y no les crece la nariz como a Pinocho o aquellas que nos prometían que no había crisis, que no iban a subir impuestos... Sería innumerable. Si un político dice que no va a llover, corro enseguida a buscar mi paraguas.

¿Porqué los ciudadanos aceptamos ese insulto? ¿Por qué nos gusta que nos mienta aquél que votamos y nos indigna cuando miente el otro? Debemos tener una dependencia enfermiza de nuestros gobernantes ya les admitimos sus embustes como la esposa que se traga con hiel las infidelidades de su marido por miedo a perderle. No queremos oír la realidad, queremos que nos digan lo que queremos oír y a quien lo hace, le votamos. ¿Somos o no somos un país más ignorante aún que el de los años setenta cuando confundíamos a un ministro con un marciano?

Somos como el protagonista de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954), en la famosa escena en que pedía a  Joan Crawford que le mintiese a toda costa, que le dijese algo bonito aunque fuera falso. No quería escuchar que no le había guardado ausencia y que todo el dinero que tenía lo había ganado de forma poco digna. Él no quería verdades, quería sentirse añorado. 

Algo así nos pasa a nosotros. Esperanza, Mariano, mentidme, decidme que siempre estaréis con nosotros...


miércoles, 5 de septiembre de 2012

Sicofonías

N. del A. Regreso vivo de las vacaciones de verano y me reintegro a mis obligaciones blogueras estrenando  nuevo aspecto externo en este blog que gobierno desde hace dos años, que ya era hora. No obstante, sigo siendo el mismo perro con diferente collar. A mi vuelta, me he encontrado con sicofonías en las redes sociales que me han puesto los pelos (sic) de punta.
Año III, opus 107


Yo no soy partidario en absoluto de usar la ouija para comunicarme con los  muertos. No soy un gran conversador y pienso que si alguna vez entablara charla con alguno, no sabría qué decir. ¿Acaso puedo preguntarle por su salud o hablar del tiempo? No tenemos cosas en común y espero no tenerlas en muchos años.

Los espíritus y ectoplasmas acuden a la llamada de la ouija de forma aparentemente aleatoria, sin saber quién va a aparecer, como sucede, por ejemplo, en las salas de chat del IRC, en las que se manifiestan almas errantes que ni ves ni oyes ni tocas, con la diferencia de que los difuntos pocas veces acuden para buscar una cita de sexo. Las sesiones de ouija son como la red social de los espíritus impalpables y a mí la experiencia de la vida adulta me ha enseñado que los humanos medio normales obtenemos más placer relacionándonos con vivos o vivas a los que podemos palpar. Por esta razón, aunque soy usuario de algunas como ésta donde escribo, no me llenan las redes sociales que usamos los vivos ya que a los amigos virtuales, aunque aparentemente viven, no podemos abrazarlos, besarlos ni abofetearlos como me gusta hacer con mis amistades dependiendo de su sexo, tamaño y condición.

Sin embargo, y aunque esto que les voy a contar pueda parecerles increíble, les aseguro que es rigurosamente falso: estoy recibiendo sicofonías de un alma en pena desde hace unas semanas.

Como lo leen. Un espíritu acude desde el más allá pidiéndome ayuda. En primer lugar, el ectoplasma se me apareció en Twitter: alguien llamado @errante me dirigía unos tuits confusos que no entendía, seguidos del hashtag #hacienda. No le hice mucho caso, pero después tuve que eliminarle algunos comentarios en el blog por su pésima ortografía, en los que decía que yo debía salvar su alma del castigo eterno al que estaba condenado. Como quiera que soy mas dado a la perdición de almas que a salvarlas y seguía sin atender sus mensajes, finalmente me envió una solicitud de amistad a mi perfil de Facebook, la cual, intrigado por la insistencia, acepté pulsando el botón que dice «Manifiéstate». De esa manera supe quién era y lo que deseaba.

El barco del Holandés Errant, camino de Puerto Banús en
 Marbella, donde tiene que declarar en el caso Malaya.
Se trataba nada menos que el alma del Holandés Errante. Me dijo que había sido condenado a vagar eternamente por esos mares de Dios hasta que pudiese blanquear todo su dinero robado en su larga vida de bandolero, pirata y exconcejal de urbanismo. Sabe Dios cuántos mares habrá recorrido esta criatura hasta que se ha enterado de que en España se ha declarado la Amnistía Fiscal. Sabe que desde este verano, es posible declarar todo el dinero negro ganado ilícitamente pagando un ridículo 10% o menos y sin preguntar de dónde ha salido. Una bicoca para piratas. Quería que yo, que estoy dotado de cuerpo mortal, le ayudara a declarar su arcón del tesoro a la hacienda española y de esa manera poner fin a su maldición encontrando después de tantos siglos el camino hacia la luz, lo que para un holandés significa comprar una casita en la luminosa costa malagueña y entregarse a la vida muelle.

Lo siento por él, pero me he negado tajantemente en nombre de cuarenta millones de contribuyentes españoles que, sin haber delinquido, estamos condenados a pagar religiosamente todos nuestros impuestos. Le he dicho en un whatsapp que por mi parte puede seguir eternamente dando vueltas al mundo con su velero y llevarse con él al ministro de Hacienda como grumete, para ver si así se pone fin a nuestra particular maldición fiscal.

sábado, 7 de julio de 2012

Disculpas de vacaciones


N. del A. Como en otras ocasiones, me veo obligado a irme de vacaciones con mis chiquitines. Afortunadamente, dispongo de este multitudinario medio de comunicación para pedirles a todos disculpas por ello.
Año III, opus 104


Me voy de viaje con mis señores hijos y lo siento por ustedes, audaces blogueros, porque no van a venir conmigo, pero es que mis herederos son de las pocas personas a las que tolero que me amarguen mis merecidas vacaciones.

Lo siento por frau Merkel, que no le gusta que los españoles tengamos tantas vacaciones, pero tampoco a mí me gusta su peluquero y no le digo nada. Además, nos vamos a disputarles las playas andaluzas a los jubilados alemanes.

Lo siento por las televisiones públicas y privadas, ya que voy a pasar una semana sin tele, ni internet ni prensa canalla y falaz, así que voy a estar siete días sin ser manipulado por nadie y con tiempo para pensar por mí mismo. 

Lo siento por Esperanza Aguirre porque no voy a poder darle unos azotitos por querer modificar las leyes del tabaco y del juego para que un millonario americano traiga aquí sus casinos. No obstante, le dejo un cuaderno de caligrafía Rubio para que me copie cien veces: «No prostituiré las leyes».

Lo siento por los jugadores de la selección española masculina de fútbol, a quienes no voy a poder recordarles que declaren el importe de las primas ganadas en la Eurocopa en suelo español, que a veces, si no estoy yo atento, se hacen un lío y las declaran en paraísos fiscales.

Lo siento por la banca española, tan necesitada de activos, porque me voy a gastar mi dinero en helados por las terrazas de la playa en vez de invertir en participaciones preferentes como las que han usado para usurpar los ahorros a quien aún tenía algo.

Lo siento por los mineros asturianos y leoneses que llegan a Madrid a intentar salvar su medio de vida, porque no voy a estar aquí para ver cómo dejan la huella carbonosa de su mano en las nalgas de la Mariblanca de la Puerta del Sol, pues es seguro que la Delegada del Gobierno no les permitirá que dejen la huella en las suyas.

Lo siento por los escolares que están perdiendo el tiempo en frívolos juegos de vacaciones en vez de estar socializando en aulas abarrotadas de niños que, según nuestro nuevo hallazgo de ministro de Educación, es lo que necesitan.

Lo siento por la Royal Navy británica, porque voy a nadar en aguas del estrecho de Gibraltar y como me cruce con alguna fragata que venga de incordiar a los pescadores, la hundo de un mordisco. Que me conozco.

Y finalmente, lo siento por los gamberros y borrachines que dan una nota de alegría y color a las veraniegas noches de verano en mi barrio porque no les van a llegar mis entusiastas maldiciones para desearles que descansen en paz.

Y a ustedes, hasta pronto.

sábado, 16 de junio de 2012

Reencuentros en la Tercera Fase

Es sólo un juego de palabras, no
 me he encontrado con ningún
marciano, salvo en el  trabajo
donde  sí he visto algunos.
N. del A. Llevo una temporada que escribo poquico y frecuento menos los blogs en los que acostumbraba aprender cosas. Debe ser que tengo la cabeza llena de tontunas y debería formatarme de nuevo el disco duro y borrar cosas. No lo he hecho y lo celebro, porque me ha permitido el reencuentro  que justifica el título del post y recordar cosas de allende los años.
Año III, opus 103
(Dedico la entrada de hoy a un viejo amigote mío, Larry,  a quien vuelvo a encontrar, gracias a este blog,  veinte años después, como los mosqueteros de Dumas, aunque realmente permanecía agazapado en mi caótico cerebro, entre unos recuerdos del barrio de Malasaña, en Madrid, no muy lejos de Móstoles)

     El diagnóstico profesional de mi médico ha sido contundente. Necesitó únicamente explorarme el oído con esa ridícula linterna que usan los médicos. ¿Ha estado usted recientemente resolviendo ecuaciones de primer grado en una pizarra?, me preguntó. Y yo le respondí que no, que sería hace mucho tiempo, muchísimo, lo que había visto sería, seguramente un recuerdo de mis tiempos de bachiller en el instituto, cuando el flequillo aún me estorbaba la vista y el sexo aún me obsesionaba. Pues entonces, anunció con tono solemne y profesional,  le indicaré que presenta usted un cuadro médico compatible con el síndrome de la pelota llena. Los médicos y los abogados siempre dicen las cosas así, diciendo sin decir que han dicho.
     Como es natural, siempre que me habla con argot técnico un médico o un abogado, temí por mi vida, pero enseguida me advirtió que no es grave, es simplemente una saturación de recuerdos en el cerebro. La prueba es que los recuerdos de mis años de instituto se desbordaban a la altura de las orejas y esto indica sin lugar a dudas un mal funcionamiento del sistema de drenaje de la memoria a largo plazo, ya que estos recuerdos deberían estar muy al fondo, donde les corresponde. El pésimo rendimiento de mi cabeza se debe a esta colmatación cerebral. La solución que me propuso el galeno (uso esta cursilada de "galeno" para vengarme de él) es formatarme el cerebro, es decir, borrarlo todo y hacer tabla rasa. Posteriormente, habría que volver a instalar el software base de ciudadano español, aprovechando para actualizarlo a una versión más moderna y útil en la actual coyuntura que las antiguas versiones, como la que yo tenía instalada, más trasnochada que el festival de Eurovisión.  La nueva versión para Windows, que se quiere instalar en los votantes (antes llamados personas) según las últimas normativas consta de:
  • El idioma. Se desecha el obsolescente castellano por el bussines english que es mucho más útil para la vida profesional y para el ocio y necesita menos palabras (incluye una demo de chino cantonés, que es el idioma comercial del futuro)
  • Las normas de urbanidad y buena educación. La versión actual es muy reducida  y ligera, porque hoy en día ya no es necesario ceder el asiento del autobús a las personas mayores o embarazadas ni tantas otras normas obsoletas que antiguamente se instalaban en los colegios.
  • Las ideas políticas. Se sustituye esta parte por un firewall:  un cortafuegos para evitar la contaminación con ideas políticas nocivas como la justicia social, la economía responsable o la ecología. 
  • El fútbol. Este es el módulo de más peso, para compensar la ligereza de los anteriores. Se graban a fuego en el hardcode las gloriosas hazañas de nuestra selección nacional y de nuestros equipos líderes en ventas (me prometí a mi mismo no mencionar expresamente al Real Madrid) para, de esta manera, obviar nuestras carencias lingüísticas, justificar en su nombre toda la barbarie y no pensar en las manipulaciones a que nos somete el gobernante de turno.

     Sin embargo, aunque era atractiva la propuesta, porque me permitiría ser más estúpidamente feliz en la España del siglo XXI, no acepté someterme a ella porque implicaba borrar también los recuerdos de mi vida, incluidas personas y emociones. Se dejarían sólo los estrictamente necesarios como los referidos a las marcas comerciales que patrocinen la operación,  los líderes políticos del partido del gobierno y los futbolistas guapos que coticen en bolsa. Y yo quería conservar todos mis recuerdos, como los recuerdos de los años en que yo estudiaba el bachiller, cuando el viaje a París, o cuando nos saltábamos las clases para ir al instituto de las chicas para intentar que nos miraran, o jugábamos al futbolín en Malasaña,  o a la pelota en la plaza de la Luna. No quiero olvidar las matemáticas ni la Historia del Arte que aprendí entonces, ni lo que sufrí para aprenderlo. 
     Así que lo que he hecho es sacar todos esos recuerdos a la terraza de mi casa, para que se orearan al sol de junio. He limpiado bien el depósito craneal con polvos Vim y he vuelto a guardarlos todos en estricto orden, bien estibados para que quepan todos. Ahora me siento mucho mejor para escribir. Porque el tío Eugenio de hoy es el producto de aquellos  recuerdos de adolescencia, de la infancia o de la madurez, de las personas que he conocido, amado o aborrecido, de las normas que me han impuesto y de las que yo mismo he dictado, de las ideas que he considerado justas o injustas, de aquello que  estoy orgulloso y de lo que estoy arrepentido. 
     Y sí, tienen razón, también me gusta el fútbol. El plug in del borreguismo futbolero me lo instalaron de pequeño ¿Y qué? 
PD: para que vean lo del bussines english, he empleado hasta siete palabras en inglés sin despeinarme. Que no es una tontería.

jueves, 24 de mayo de 2012

De Res Publica



N. del A. Me había prometido a mí mismo aparcar durante algunas semanas los temas relacionados con la crisis, porque ya me hacía candidato a que me llamaran pelmazo mis lectores y lectoras. Y como todos los candidatos, he faltado a mi promesa en la primera ocasión. 
Año III Opus 102
Con el término de Res Pública se referían los romanos a aquello que era "cosa de todos". Los romanos tenían un alto concepto del estado y de todo lo público, lo cual no impedía en absoluto a sus magistrados ser encarnizadamente corruptos cuando su moral se lo permitía, que era a menudo.

En la España de nuestros días vuelve a estar de moda el debate entre la gestión pública o privada de los servicios esenciales para la comunidad. Que los poderes públicos deben garantizar la correcta prestación de los servicios públicos conforme ese criterio tan aceptado como prostituido del bien común, es algo que pocos discuten (por mucho que esos pocos tengan demasiada relevancia mediática), pero se ha abierto el debate sobre si esos servicios deben ser prestados por la Administración en persona o debe hacerse por el sector privado, algo que nos aleja del verdadero sentido de la polémica.

Esta mañana leía en el periódico la expresión que me daba la clave del asunto. Se refería, en el contexto de los recortes presupuestarios, a la «reducción de gastos públicos no productivos», término que sería perfecto si en esos gastos no productivos no incluyeran la enseñanza y sanidad públicas, entre otros servicios vitales. He aquí el verdadero punto de apoyo de esta palanca que mueve el planeta y con el cual se quiere justificar ante la nación el timo social.

La educación sí es un gasto productivo, por supuesto que lo es. Mientras no tengamos claro este concepto seremos siempre un país de señoritos y gañanes. Los rendimientos de la educación no se pueden guardar en cuentas corrientes, sino en una cesta de frutos que se recoge después de muchos años, tal vez un par de generaciones y por lo tanto, no van a beneficiar electoralmente a nadie que se dedique hoy a la política. No hay que sobrevalorar el efecto mágico de una educación sensata, que por sí misma no hace feliz a una sociedad, pero sí hay que temer y mucho los efectos nocivos y mucho más tempraneros de una educación deficiente o tendenciosa.

Una educación pública de calidad supone un gasto oneroso, por supuesto, pero garantiza valores que no tienen precio en una sociedad como el de la universalidad, porque puede permitirse el lujo de ser imparcial y gratuita, para que puede llegar a todas las personas y a todos los lugares con independencia de que exista rentabilidad económica. No pedimos, pues, que cesen los recortes presupuestarios en educación, sino que pedimos que se invierta más dinero aún, y que sea de forma decidida y convencida. La educación pública y la privada, si ambas son de calidad, son garantía de futuro. Y sin la educación de calidad no puede haber libertad ni justicia:
Los ciudadanos educados con justicia podrán ser justos.
Los ciudadanos educados con libertad podrán ser libres.
Los ciudadanos de una nación no son socios de una sociedad anónima, necesitan servicios, no dividendos, y para ello pagan con sus impuestos y su esfuerzo. No se puede apartar dinero de colegios y hospitales para desviarlo a los bancos, que a su vez se lo desvían a los exdirigentes que los han arrastrado impunemente a la ruina. Ese dinero inyectado en la banca no es productivo, porque sus beneficios no lo vamos a disfrutar todos,  el dinero que se  inyecte en la educación sí. 

Recientemente ha surgido una nueva iniciativa en defensa de lo público, que pueden consultar en esta página web: https://www.yoestudieenlapublica.org. Uno de los primeros frutos de esta iniciativa, espero que haya muchos más como éste, es un estupendo vídeo sobre la educación pública, donde algunas personalidades nos dan su punto de vista y que yo, contento, colaboro en publicitar. Merece la pena los minutos que usemos en verlo y sentirlo.

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