Normalmente, suelen venir por el dinero, ese vil metal. Yo reconozco que cada uno se lo puede gastar en lo que le plazca. Por ejemplo, invertir un millón de euros en comprar un único rollo de papel higiénico fabricado con oro en vez de con celulosa que, según las noticias de esta semana, venden unos simpáticos señores del Japón.
Aparentemente es una excentricidad simpática e inocua, aunque yo, personalmente, prefiero para mi servicio el papel ese que desenrollaba por toda la casa un lindo cachorrillo juguetón. Sin embargo, no lo es. Me parece delirantemente insultante que, coincidiendo en fechas con el Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza aparezca alguien dispuesto a limpiarse el culo con oro, sin importarle cuánta gente no tiene para comer ni tampoco qué pobre criatura ha sufrido para extraer el metal, ni siquiera cuánto arsénico ha contaminado el paisaje.
Precisamente, como el papel higiénico con el que se limpia la Gran Europa sus desmanes es como deben sentirse los funcionarios portugueses, que van a sufrir nuevos recortes en sus salarios. Ya saben, un nuevo sacrificio por el bien de la nación. A los funcionarios españoles también se les congelará el sueldo, pese a que los brotes verdes siguen proliferando en todas las ruedas de prensa donde haya políticos desde que empezó la crisis. Hasta nos hacen creer que los salarios crecen y que si nos sentimos más pobres hoy que el año pasado, es seguramente por codicia.

Tanto sindiós me cansa ya. Me voy un rato al cuarto de baño a usar mi rollo de papel de oro, mi cepillo de dientes engastado en brillantes y mi dentífrico de caviar. Me acuesto tranquilo porque sé que hay más beatos españoles en los cielos, nada menos que quinientos y con esa fuerza viva, nada malo nos ha de pasar.
Parece que todos hayamos tenido un shutdown en el cerebro.